El desierto es una palabra clave en el Adviento y una palabra inquietante en nuestros días. Casi el 33% de la superficie terrestre está ocupada por desierto. Y la proporción va en pavoroso aumento a causa del fenómeno de la desertificación, causada por el cambio climático. En cuanto a la pandemia del covid-19 no es necesario insistir en cuanto a la inquietud que supone para la mayoría de la población mundial.

               En los domingos segundo y tercero del tiempo de Adviento se nos habla de una figura importante en este tiempo litúrgico: Juan el Bautista. El clama en el desierto de Judea. Llama a la conversión y anuncia el Mesías que ya ha llegado. La conversión es necesaria para recibirle.

               Este mensaje se actualiza en la liturgia, pues hoy existe otro desierto en torno a nosotros: el agostamiento de las relaciones humanas, la soledad, la indiferencia, el anonimato. El desierto es el lugar donde gritas nadie te oye, si caes en tierra nadie se te acerca, si te asalta un animal feroz nadie te defiende, si experimentas un gran gozo o una gran pena no tienes a nadie con quien compartirla. ¿Y no es esto lo que ocurre a muchos en nuestras ciudades?

               Pero desierto aún más peligroso es el que cada uno de nosotros lleva dentro. Justamente el corazón puede transformarse en un desierto: árido, sin afectos, sin esperanza… ¿Por qué muchos no logran despegarse del trabajo, apagar el móvil, la televisión, la radio…? Tienen miedo a hallarse en el desierto. La naturaleza, se dice, tiene horror al vacío; también el hombre rehúye el vacío. Si nos examinamos honestamente, veremos cuantas cosas hace cada uno para no encontrarse solo, cara a cara consigo mismo y con la realidad. Cuanto más aumentan los medios de comunicación, más disminuye la verdadera comunicación. Se acusa a la televisión de haber suprimido el dialogo de la familia, y a veces esto es verdad. Pero debemos admitir que la televisión viene a menudo a llena un vacío (desierto) que ya estaba allí.

               Juan Bautista ayer, hoy la Iglesia, clama en el desierto, que hay en torno a nosotros y dentro de nosotros: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis, uno que viene detrás de mí, a quien no soy digno de desatar la correa de las sandalias… él os bautizará con el Espíritu Santo”. Este es el modo en que Jesús hará florecer el desierto este Adviento y nos devolverá la esperanza en medio de esta pandemia. El Espíritu Santo es el amor personificado y el amor es la única “lluvia” que puede detener la progresiva “desertificación “espiritual de nuestro planeta.

Aprovechemos este Adviento y celebremos con gozo desbordante la Navidad, incluso en medio de esta pandemia, pues Él está en medio de nosotros.

Javier, vuestro párroco.

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