El pasado lunes tuvimos la oportunidad de celebrar una adoración por la festividad de Todos los santos. La verdad que no se me ocurre mejor forma de vivir este día que poniéndonos delante del que es Santo, Santo, Santo. Fue un auténtico regalo poder disfrutar de ese tiempo con el Señor.

Estoy acostumbrada a asistir a las adoraciones pero esta me tocó de un modo especial; supongo que por la mezcla de circunstancias: ser la primera que se hacia en la parroquia, mi situación personal y familiar, poder vivirla en mi propia parroquia… se notaba que estaba preparada con mucho cariño por los jóvenes y que todo el mundo tenía muchas ganas de esta celebración porque la parroquia estaba muy llena, no solo de jovenes, sino también de niños, familias, ancianos…

Yo iba con mucha sed de estar con el jefe, había pasado dos días duros de salud y necesitaba ponerme delante de Él y simplemente descansar. Fui con la intención de estar con Él y dejarle hablar, dejar de lado mi monólogo, mirarle y abrir el oído y el corazón por si quería decirme algo. ¡Y vaya si hablo! Una de las primeras canciones fue Un segundo de Hakuna Group Music y fue la que me ayudó a entrar totalmente en la adoración. Esta canción me hizo darme cuenta de que tenía que pedirle poder verme con sus ojos porque soy perfecta en mi imperfección, Dios me ha hecho muy bien, a Él le gusta todo de mí y todo está bien hecho. Tengo que dejar de exigirme y dar gracias a Dios por mi vida, por mi historia, mi familia, mi comunidad… porque ese detallito que igual yo habría hecho de otra manera también está bien ya que Dios lo ha pensado para gloria suya.

Yo pensaba que esto era con lo que el Señor quería que me fuera de la adoración pero Él todavía tuvo una palabra más para aquello que en el fondo de mi corazón me estaba haciendo sufrir.
El Señor siempre me ha hablado de un modo especial en las citas que hay en las adoraciones y esta vez no fue menos. Por culpa de mi enfermedad llevaba un tiempo que necesitaba ayuda para todo y me dolía mucho no poder echar una mano en casa o tener que estar pidiendo a cada rato que me hicieran las cosas y esto me hacia sentir mal, pero Dios quiso quitarme esa idea de la cabeza. Al coger la cita me salió una frase de Santa Teresa de Calcuta que decía: “No es lo mucho que hacemos, sino el amor que ponemos en cada acción”. Poder leer esto fue un gran consuelo y me recordó que tal vez no pueda hacer “nada productivo” pero si que puedo sonreír al que está a mi lado, ser agradecida, rezar con amor por el que está sufriendo…
Pasar ese rato de adoración me sirvió para cargar las pilas y centrarme en lo que de verdad es importante. Quizás no pueda hacer muchas cosas pero sí que hay algo que nada ni nadie me podrá quitar y es la certeza de que el cielo me espera y que mi vocación, al igual que la de todos, es la de la santidad.
Ojalá podamos celebrar pronto otra porque estar con el Señor es lo mejor en lo que podemos gastar nuestro tiempo. Poder vivir el cielo en la tierra es un privilegio que muchos no tienen, me siento una afortunada.

-Ana Cuenca, feligresa de la parroquia

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