Las cenizas que se imponen el Miércoles de Ceniza son las que quedan después de quemar las Palmas del Domingo de Ramos del año anterior. Esta costumbre empalma así una Pascua con otra.
Las cenizas significan nuestra condición humana caída. Es lo que se indica con una de las fórmulas que acompañan su imposición: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”, que hace alusión a las palabras del Génesis 3, 19: “Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás”. Que después de la caída de nuestros primeros padres hacen presente nuestra “miseria”. Pero ante la cual Dios ha mostrado en el Misterio Pascual su “misericordia”, que ya anticipaba en las palabras del Génesis 3, 15 de Dios a la serpiente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él (Cristo) te pisará la cabeza mientras acechas tu su calcañar”.
De este contraste entre la miseria nuestra y la misericordia divina, esperamos tener, un año más, testimonios, en la proclamación pública de la fe de los hermanos de las comunidades novena y décima del Camino Neocatecumenal, que se irán dando a lo largo de la Cuaresma.
Esos testimonios de su fe, que proclaman simultáneamente la propia miseria y la gran misericordia que han experimentado esos hermanos a lo largo de los años que llevan en el Camino Neocatecumenal, nos pueden ayudar a todos a celebrar mejor esta Pascua e irnos preparando, también mejor, para la Pascua definitiva, es decir, nuestra muerte, en la que experimentaremos, finalmente y con total plenitud, la misericordia divina.
Quizás sea el ir perdiendo el miedo a la muerte, uno de los frutos mejores de la celebración anual de la Pascua. Pues en definitiva lo que celebramos es la victoria de Cristo sobre la muerte y con ella, la esperanza de nuestra propia victoria sobre nuestro más temido enemigo.
Además el “miedo a la muerte”, es según la carta a los Hebreos, el que nos tiene “de por vida sometidos a esclavitud”. Eso es lo que nos lleva a pecar, es decir, a separarnos de Dios y de los hermanos.
Por eso la Pascua es la victoria de Cristo sobre nuestros dos principales enemigos: el pecado y la muerte, para la Sagrada Escritura, inseparablemente unidos.
¡Gracias sean dadas a Dios por la Pascua de 2019!
Javier, vuestro párroco.

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